"Hola" fueron las primeras cuatro letras que sus labios escupieron. Un simple "hola". Llevaba exactamente cinco semanas y 3 días planeando aquella conversación. Como era de esperar, la chica ni se inmutó. Seguia bebiendo a esporádicos sorbos el té helado que sostenia entre sus huesudas manos. Volvió a saludar, y en esta ocasión, se giró. Pero nada más. Sus ojos atravesaron el cuerpo Victor sin el mínimo de respeto. Pero él no se percató, no podía saber si en realidad le miraba, no con aquellas gafas negras. Unos segundos después, ella se incorporó del taburete del bar, y a la vez que lo hacía, agarraba por la camisa a Victor. Un simple movimiento y estaria muerto. Lo sabia de sobra: si quería matarle allí mismo lo haría, nadie sería testigo, nadie aunque el local estuviese abarrotado. Inspiró precipitadamente, y se olvidó de expulsar el aire. En ese instante calló desfallecido en el suelo cubierto de mugre. Kristine le acunó entre sus largos brazos. Desaparecieron. Creía estar soñando. Todo era demasiado perfecto: el suave calor que desprendía su cuerpo y que le arropaba, aquel aroma a jabón de glicerina y madera vieja, la tersa y morena piel de los brazos... Pero pronto todo acabó, para desgracia de él. Un cubo de agua fría arruinó su fantasía.
A los pocos segundos de incorporarse, le asestaron un golpe seco en la nuca.
No despertó hasta que pasaron dos largas semanas. Una luz proveniente de un largo flexo el iluminaba la cara, haciendo que al mirar hacia ella viese puntitos negros que no conseguía hacer desaparecer. A medida que volvía a su estado normal, seres que no estaba muy seguro de que fuesen humanos, se arremolinaban a su alrededor. Pero no escuchaba ni el más mínimo susurro. Demasiado silencio pensó él. Era una sala bastante pequeña, cuyas paredes no tenían un color definido. Entonces los reconoció. Era ella. Solo se acordaba de sus ojos incoloros. La escrutó con la mirada. Ella también lo hacía. Intentaba encontrar una explicación suficientemente buena para haber dejado que aquel curioso joven entrase en su casa. Es más, ella misma lo había introducido en su salón. La maquinaria que se encontraba a su derecha indicaba que el pulso se aceleraba de forma violenta. Su cara comenzó a cambiar de color, de un pálido rosa con pecas a un rojo intenso. Y en ese momento se le ocurrió. Gritar. Pero algo en su garganta se lo impedía, en su cabeza las palabras estaban reflejadas, pero no consiguió transmitirlas a las cuerdas vocales. Volvió a desmayarse.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
domingo, 11 de marzo de 2012
Presentaciones
Empezó de forma inusual: por el final. Normlamente las personas corrientes cuentan su historia desde el principio. Pero hay estaba la clave. Ella no era corriente. Su aspecto era bastante común. Ni muy alta ni muy baja. Tampoco destacaba en belleza: sus rasgos finos y difuminados pasaban despercibidos. Pero habia algo que solo se veía cuando te fijabas. Sus ojos transparentes. Solia llevar maxigafas de sol para no llamar la atención de los transeúntes. Sin embargo, no tenía más remedio que quitárselas al entrar en los locales de la zona. Entonces es cuando te das cuenta de que no es de este mundo, de que a la vez que te aterroriza, su magnética mirada te atrapa y se queda grabada en tu mente, sin vuelta atrás. Sabes que no podrás olvidar esos ojos en tu vida. Nunca. Incluso después de morir. Y como lo sé por experiencia propia, contaré yo, Victor Morgenston, las memorias de Kristine.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Deseos mal formulados
En ese momento, Kristine se dirigía a la ducha. Recogió su ropa y se la llevó al baño. Dejó todo encima del lavabo y empezó a quitarse la ropa. Se quedó enganchada, como siempre, en el cierre del sujetador. Cuando consiguió liberar su pelo, se metió en la bañera y dejó que corriera un poco el agua para que se calentase. Unos minutos después, el agua chorreaba por todo su cuerpo, inundándola de una sensación de calor y seguridad. Se enjabonó el cuerpo y después la cabeza. Cuando terminó de aclararse extendió el protector de tinte rojo desde la raíz de sus cabellos hasta las puntas. Esperó a que surtiera efecto y volvió a introducirse debajo del chorro de agua. Aquella noche había sido especial, pero deseaba con toda su alma que no se volviesen a ver más, no era una buena compañía, y además, ¿qué pensaría su padre de ella? Cerró los ojos y reflexionó: tenía que explicarle a Dan que ya no se volverían a encontrar nunca más. Entonces notó como el agua se espesaba, como caía con más fuerza sobre su piel. Le gustaba esa sensación. Abrió la boca y saboreó el agua. Pero entonces se le vino a la cabeza: el agua no sabe. Aquel exquisito sabor agridulce no era agua. Respiró. No lo podía creer. Sus ojos se abrieron lentamente, con miedo de el resultado que iban a comprobar. Sangre. Sus músculos no respondieron. Era incapaz de mover un solo dedo. Pero al final se giró. Hay estaba él, crucificado en el techo del cuarto de baño, con una mueca de dolor en la boca, de la cual goteaba sangre negruzca. Su primera reacción no fue gritar, si no limpiarse la piel de la costra de sangre que se había formado al caer las gotas sobre ella. Sacó su cuerpo de la bañera, cogió una toalla y se la enrolló en la cabeza. Su albornoz colgaba de la puerta, pero no lo cogió. Caminó desnuda por la casa hasta que llegó a la despensa. Abrió el cuarto cajón de la derecha. Cogió el revólver. Se apuntó a la sien y...
-Cielo, debo irme.
-¿ Qué... qué..?
- Van a ser las once y tus padres llegarán tarde o temprano.
Todo había sido un mal sueño. Dan se despidió de ella con un beso. Escuchó como la puerta se cerraba tras él. Estaba desconcertada. ¿Todo lo había soñado? Era tan real.... Se levantó de la cama y se puso la bata. Pero hubo algo que le extrañó. La cama estaba cubierta de sangre. Y ella también.
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